Cuento estudiantes grado 9

 

El eco de las montañas: El viaje de Don Jairo



Don Jairo Jaramillo tenía las manos agrietadas por el frío del páramo y los pies acostumbrados al barro de los caminos de herradura. Durante décadas, su vida fue el arrierismo. Al lomo de sus mulas, cargaba bultos de café desde las laderas de Antioquia hasta los puertos fluviales. "La montaña manda", solía decir, mientras esquivaba precipicios por senderos donde solo cabía un animal.

Su destino final siempre era el mismo: el Río Magdalena. Allí, en puertos como Honda o Puerto Berrío, el silencio de la montaña era reemplazado por el rugido de los vapores de rueda. Don Jairo veía con asombro cómo los estibadores subían el café a esos gigantes de hierro que navegaban hacia Barranquilla, conectando el corazón de una Colombia aislada con el lejano mundo de Europa.

Sin embargo, el mundo estaba cambiando más rápido que el paso de sus mulas.

En 1920, un estruendo metálico comenzó a desplazar el sonido de los cascos sobre la piedra. Eran las cuadrillas de trabajadores que instalaban los rieles del Ferrocarril de Antioquia. Don Jairo observó, entre nostálgico y curioso, cómo la "bestia de acero" trepaba por la quiebra de la montaña. Lo que a él le tomaba días de sudor y peligro, la locomotora lo hacía en horas, soltando un humo negro que anunciaba la industrialización.

Pero el cambio más extraño no vino por el suelo, sino por el aire. Un día, al llegar a las cercanías de Manizales, Jairo levantó la vista y quedó mudo. Sobre el abismo, unas canastillas de hierro se deslizaban colgadas de gruesos cables de acero. Era el Cable Aéreo, una proeza de ingeniería que desafiaba la gravedad de los Andes.

—"Ya no necesitan mis mulas, compadre" —le dijo a un viejo amigo mientras veían pasar una canastilla cargada de grano—. "Ahora el café vuela".

Don Jairo no se equivocaba. El oro negro (el café) estaba pagando la modernidad. Con el dinero de las exportaciones y la indemnización por la pérdida de Panamá, el país se llenaba de estaciones de tren y chimeneas de fábricas. El arriero, símbolo de la colonia, le cedía el paso al obrero ferroviario y al maquinista.

Al final de sus días, sentado en una banca de la nueva plaza de la ciudad iluminada por luz eléctrica, Don Jairo comprendió que su mundo de trochas se había encogido. Colombia ya no era un archipiélago de pueblos aislados; el vapor, el riel y el cable habían tejido una nación nueva, una que corría a toda prisa hacia el siglo XX.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ORIGEN DE LOS FASCISMOS

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA