PARTICIPACION CIUDADANA
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En este blog se encuentran pequeños articulos sobre problematicas sociales en todos los campos. Ademas reflexiones que te permiten crecer como persona y espacios de discusión y debate
Naturaleza y Libertad: La Independencia de Colombia desde
una Perspectiva Científica
Por: Erica Beltran
Cuando hablamos de la independencia de Colombia, solemos centrarnos en las batallas, los próceres y los ideales políticos. Sin embargo, rara vez observamos este proceso desde una mirada integral, donde las ciencias naturales también desempeñaron un papel esencial. Entender el entorno natural en el que se gestó la independencia permite no solo ampliar nuestra visión histórica, sino también reconocer cómo la geografía, el clima, los ecosistemas e incluso la medicina influyeron en el camino hacia la libertad.
Geografía como aliada y enemiga
Uno de los factores determinantes fue la geografía diversa del territorio colombiano. La cordillera de los Andes, las selvas del Magdalena y del Atrato, y los valles interandinos fueron escenarios donde se definieron estrategias militares, se escondieron tropas y se dificultó el avance enemigo. Simón Bolívar y otros líderes conocían bien el terreno: su inteligencia militar no solo era política, sino también naturalista. El cruce de los Andes hacia Boyacá, por ejemplo, no fue solo un acto heroico, sino una maniobra estratégica basada en el conocimiento de la fisiografía andina.
Clima y estrategia militar
La variabilidad climática jugó un papel doble: por un lado, fue un obstáculo para los ejércitos realistas, poco preparados para los cambios bruscos de altitud y temperatura; por otro lado, fue una ventaja para las tropas criollas que conocían los ciclos lluviosos y las rutas seguras. En este contexto, la ciencia meteorológica, aunque incipiente, era una herramienta de sobrevivencia.
Enfermedades: el enemigo invisible de la independencia
Pocas veces se reflexiona sobre el papel de las enfermedades
infecciosas y tropicales en el fracaso o el éxito de las campañas militares.
Durante la guerra de independencia, miles de combatientes murieron no por las
balas, sino por virus, bacterias y parásitos.
Las fiebres palúdicas (paludismo), transmitidas por el
mosquito Anopheles, causaron estragos en las zonas bajas y húmedas del
Magdalena Medio, el litoral Caribe y los Llanos. En regiones costeras como
Cartagena, la fiebre amarilla, transmitida por el mosquito Aedes aegypti,
diezmó a los soldados criollos y españoles por igual. También se propagaron
enfermedades como la disentería, causada por el consumo de agua contaminada, y
el tifus, ligado a la mala higiene y la presencia de piojos.
Las condiciones de los campamentos militares eran precarias:
no había acceso a atención médica adecuada, el conocimiento sobre bacterias y
virus era inexistente y las prácticas de higiene eran muy limitadas. Muchos
soldados morían lentamente en las hamacas o improvisadas enfermerías, sin
siquiera haber peleado una sola batalla.
Este panorama nos permite hacer una reflexión más profunda:
la ciencia médica en su época estaba rezagada, lo que afectó directamente el
rendimiento y la vida de los combatientes. Si bien algunos curanderos y
boticarios usaban plantas medicinales locales como la quina (rica en quinina,
eficaz contra el paludismo), el desconocimiento general de la fisiología, la
microbiología y la epidemiología redujo la capacidad de respuesta ante las
epidemias.
En consecuencia, la independencia también fue una lucha contra un enemigo silencioso: la muerte biológica y la fragilidad de la vida humana en condiciones adversas.
Recursos naturales como motor de dominación
Uno de los elementos menos considerados es cómo la biodiversidad y los recursos naturales se convirtieron en una motivación económica para el dominio español. El oro de las minas, las maderas preciosas y la fertilidad del suelo colombiano fueron botines codiciados por el imperio. En ese sentido, la lucha por la independencia también fue una lucha por el control soberano de los recursos naturales, que aún hoy siguen en disputa bajo nuevas formas de colonialismo económico.
Conclusión: ciencia, historia y soberanía
Integrar las ciencias naturales al relato de la
independencia de Colombia no es un capricho interdisciplinario, sino una
necesidad pedagógica y ciudadana. Nos permite comprender que la libertad no
solo se gana con ideales, sino también con conocimiento del entorno, de la
vida, de la salud y de los ecosistemas. En un país biodiverso como el nuestro,
la ciencia también es una forma de soberanía.
El pasado nos muestra que la ignorancia científica puede
costar vidas. El presente nos exige pensar la libertad no solo como un derecho
político, sino como un compromiso con el conocimiento, la salud pública y la
sostenibilidad del territorio.
Reseña del Gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938 / 1942-1945) y Eduardo Santos (1938-1942) Y la influencia de la Segunda Guerra Mundial en Colombia
Gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938 /
1942-1945)
Alfonso
López Pumarejo fue uno de los presidentes más influyentes de Colombia en el
siglo XX. Su primer gobierno es recordado por la llamada "Revolución en
Marcha", un ambicioso programa de reformas sociales, económicas y
políticas que buscaba modernizar al país y democratizar la sociedad colombiana.
Entre sus
logros más destacados se encuentran:
✅ La Reforma Constitucional de 1936, que introdujo el concepto de
la función social de la propiedad y amplió los derechos ciudadanos.
✅ El fortalecimiento de la educación pública y la universidad
nacional como centro del pensamiento moderno.
✅ La promoción de los derechos de los trabajadores, incluyendo leyes
sobre sindicatos, salarios y jornada laboral.
✅ Impulso a la reforma agraria, aunque con muchas resistencias de
los grandes terratenientes.
Su
segundo mandato (1942-1945) estuvo más limitado por la creciente polarización
política, las tensiones internas del Partido Liberal y el contexto
internacional de la Segunda Guerra Mundial, lo que debilitó sus
reformas. Aun así, mantuvo una política progresista en lo social y educativa,
pero su renuncia anticipada en 1945 reflejó la crisis política que atravesaba
el país.
Gobierno de Eduardo Santos (1938-1942)
Eduardo
Santos, periodista y político liberal, sucedió a López Pumarejo. Su gobierno
fue mucho más moderado, buscando apaciguar los ánimos de los sectores
conservadores y terratenientes, que se sentían amenazados por las reformas
de López.
Santos gobernó
con una visión más conservadora dentro del liberalismo:
✅ Fortaleció la libertad de prensa y promovió la educación como
medio de progreso.
✅ Mantuvo una postura de neutralidad diplomática durante los
primeros años de la Segunda Guerra Mundial, aunque comercialmente Colombia se
alineaba cada vez más con Estados Unidos y las potencias aliadas.
Su
gestión es vista como una pausa entre dos períodos reformistas, buscando la
estabilidad antes que las grandes transformaciones.
Impacto de la Segunda Guerra Mundial en Colombia
(1939-1945)
Aunque
Colombia no participó directamente en la Segunda Guerra Mundial, sus efectos sí
se hicieron sentir:
Conclusión
El
período entre 1934 y 1945 fue crucial para Colombia. López Pumarejo intentó
modernizar el país a través de profundas reformas, mientras que Eduardo Santos
buscó calmar las aguas. La Segunda Guerra Mundial aceleró el proceso de
acercamiento con Estados Unidos y dejó a Colombia más integrada en el bloque
occidental, sentando las bases para su papel en la posguerra como aliado
estratégico en América Latina.
Reseña del Gobierno de Miguel Abadía Méndez y el Impacto de
la Crisis de 1929 en Colombia
Gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926-1930)
Miguel Abadía Méndez fue presidente de Colombia entre 1926 y
1930, último mandatario del periodo conocido como la Hegemonía Conservadora
(1886-1930). Su gobierno se caracterizó por la profundización de tensiones
sociales, el aumento de la represión estatal y su falta de respuestas efectivas
a las crisis económicas y políticas que enfrentó el país.
Abadía Méndez llegó al poder en un contexto de relativa
bonanza económica derivada del auge cafetero y de préstamos internacionales,
principalmente de Estados Unidos. Sin embargo, este aparente bienestar ocultaba
problemas estructurales: una economía excesivamente dependiente del café, altos
niveles de pobreza rural, desigualdad social y una política autoritaria que
reprimía cualquier intento de organización obrera o campesina.
Su administración se destacó por mantener una actitud
represiva frente a las crecientes demandas sociales. Durante su mandato
ocurrieron hechos emblemáticos como la Masacre de las Bananeras (1928), donde
el ejército, por orden del gobierno, reprimió brutalmente una huelga de
trabajadores de la United Fruit Company en la zona bananera de Magdalena. Este
hecho no solo mostró el sometimiento del Estado colombiano a los intereses de
empresas extranjeras, sino también la falta de voluntad para resolver los
problemas laborales mediante el diálogo.
Abadía Méndez también impulsó grandes obras de
infraestructura, financiadas por créditos internacionales, pero la mayoría de
estos recursos se malgastaron o no tuvieron un impacto real en el bienestar de
la población.
Impacto de la Crisis de 1929 en Colombia
La crisis económica mundial de 1929, conocida como La Gran
Depresión, tuvo efectos devastadores en Colombia. Al ser un país cuya economía
dependía casi en su totalidad de la exportación de café, la caída de los
precios internacionales de este producto significó un fuerte golpe para sus
finanzas.
Entre los principales impactos de la crisis se destacan:
Caída de las exportaciones: El precio del café, principal
producto de exportación, cayó abruptamente, reduciendo los ingresos de divisas.
Esto provocó un colapso económico en las regiones cafeteras y afectó gravemente
a pequeños y medianos productores.
Desempleo y migración interna: La disminución de ingresos
generó despidos masivos tanto en el campo como en las incipientes industrias
urbanas. Muchas personas migraron hacia las ciudades en busca de oportunidades
que no existían, aumentando los niveles de pobreza y marginalidad.
Recesión económica: Los créditos internacionales, que hasta
ese momento habían financiado gran parte de las obras públicas y el desarrollo,
fueron suspendidos. Esto dejó a Colombia en una situación de estancamiento
económico y fiscal.
Tensiones sociales: La crisis profundizó el malestar social
ya existente. Los obreros, campesinos y estudiantes comenzaron a organizarse y
a reclamar mejores condiciones. Se fortalecieron los movimientos sindicales y
surgieron nuevas expresiones políticas de izquierda.
Fin de la Hegemonía Conservadora: Aunque no fue una causa
directa, la crisis económica aceleró el desgaste del Partido Conservador,
incapaz de ofrecer soluciones a la crisis. Esto facilitó el triunfo liberal en
las elecciones de 1930 con la llegada de Enrique Olaya Herrera, lo que marcó el
fin de más de 40 años de dominio conservador.
El gobierno de Miguel Abadía Méndez es recordado como una
etapa de cierre de un ciclo político caracterizado por el autoritarismo y la
desconexión con las necesidades sociales. La crisis de 1929 no solo mostró la
fragilidad del modelo económico colombiano, sino que también actuó como
catalizador de los cambios políticos que vendrían en la siguiente década. En
ese sentido, este periodo constituye un punto de quiebre en la historia
nacional, pues reveló las limitaciones de un Estado oligárquico incapaz de
adaptarse a las nuevas realidades sociales y económicas del país y del mundo.
El Reich Milenario se alzaba, imponente y sombrío, sobre las ruinas de un mundo derrotado. Alemania había ganado la Segunda Guerra Mundial. En Berlín, bajo el cielo gris y amenazante, se desarrollaba la vida en una nueva y cruel normalidad. Tres personas, entre la multitud anónima, encarnaban las consecuencias de esta victoria pírrica: Klaus, un ingeniero brillante pero desilusionado; Anya, una joven judía que sobrevivía en la clandestinidad; y Dimitri, un ex-oficial soviético, ahora un colaboracionista resentido.
LA PARÁBOLA DEL AGUA
Nuestra historia se desarrolla en una tierra muy árida. Terriblemente seca, parecida a un desierto. Sus habitantes padecían una gran escasez de agua, y naturalmente tenían sed. Pasaban muchas horas del día buscándola, e incluso muchos morían de sed porque no la encontraban. No obstante, algunas gentes con mucha suerte habían encontrado agua. Era como encontrar un oasis en el desierto. Pero en lugar de repartirla, la almacenaban avaramente. Por esto, la gente comenzó a llamarlos los “aguatenientes”.
Un día el Pueblo fue a donde los aguatenientes para pedirles un poco de agua, con el fin de calmar su sed. Pero los agua-tenientes respondieron al Pueblo bruscamente: ¡Váyanse de aquí, ignorantes! ¿Cómo les vamos a dar nuestra agua? ¿Acaso quieren que nos muramos de sed? Como los aguatenientes eran gente muy hábil y astuta, organizaron al Pueblo para que les sirviera. A unos los pusieron a buscar más agua, a otros a trabajar en los manantiales y a otros a cargarla y descargarla en un gran depósito que se llamó Mercado. Con el fin de estimular al Pueblo, los aguatenientes les dijeron: ¡Escuchen! Por cada balde de agua que nos traigan, les pagaremos un peso. Y si ustedes necesitan, nosotros les podemos vender con mucho gusto, pero a dos pesos cada balde. La diferencia será nuestra ganancia y nos servirá para pagarles a ustedes su trabajo.
Como el Pueblo tenía que llevar dos baldes de agua para poder comprar uno solo, los aguatenientes tenían cada vez más agua, y el Pueblo en cambio, cada vez, compraba menos agua. Con este sistema, el depósito se llenó pronto. Naturalmente como los agua-tenientes eran la minoría, consumían poco agua. Y el Pueblo, que era la mayoría, no tenía plata suficiente para consumir mucha agua. Entonces los aguatenientes no le pudieron dar más trabajo al Pueblo, y les dijeron: No traigan más agua. ¿No ven que el depósito se está derramando? Esperen… tengan paciencia. Entonces, claro, vino el desempleo general: como el Pueblo no podía traer agua, no podía recibir ningún sueldo. Y sin plata no podían comprar ni siquiera un poco de agua. Comenzó entonces la sed, y no sabían qué hacer.
No hay trabajo, no hay plata, no hay agua… Los aguatenientes, viendo que no vendían nada de agua resolvieron recurrir a la publicidad y la propaganda, utilizaron la radio, la televisión, los grandes periódicos, los carteles y murales, etc., Toda la propaganda invitaba al pueblo a consumir agua y a aceptar los malos tiempos sin desesperarse. Por todas partes y a todas horas el Pueblo comenzó a oír y a ver la propaganda que decía: “tome agua, tome más agua, consuma agua, usted debe consumir más agua…”. Pero el Pueblo no podía consumir agua porque no tenía trabajo y por tanto, no tenían plata y sin plata no podían comprar agua y sin agua estaban en peligro de morir de sed. Si nos dieran trabajo, decía el Pueblo, podríamos comprar agua y sus dueños no tendrían necesidad de gastar tanta plata en propaganda.
Los aguatenientes, terriblemente preocupados, dijeron: estamos en una crisis económica, ¿Cómo es posible que nuestras propias ganancias sean las que nos están impidiendo ganar más? ¿Cómo es posible que nuestras propias ganancias nos vayan a empobrecer? Tenemos que hacer algo. Por otro lado el Pueblo, comenzaba a quejarse. Se sentía un malestar general, parecía el comienzo de algo importante. Muchos gritaban: por favor, dennos algo de agua porque nuestros hijos se están muriendo de sed. Pero los aguatenientes respondían altaneramente: No, no, de ninguna manera; el agua es nuestra, es propiedad privada. Si ustedes no la compran, no podrán beberla. Allá ustedes. Negocio es negocio. Los aguatencientes, entonces, consiguieron a un grupo de “hablapaja” para que les ayudaran a convencer al pueblo. Eran hombres con alma de secretarios, sin personalidad propia. Y como también necesitaban el agua, decidieron hablarle al pueblo a favor de las ideas de los aguatenientes. Los “hablapaja” eran muy hábiles. Eran Expertos en finanzas y sabían a la maravilla la economía.
Cuando los aguatenientes les preguntaron a qué se debía la crisis, respondieron: quizá se deba a los abstencionistas, dijeron unos. Lo que pasa es que la gente no quiere entender por las buenas, dijeron otros, en fin, dijeron que era por la superpoblación. Los “hablapaja”, sin embargo, no tuvieron éxito con el pueblo. El pueblo no entendía por qué tenían que morirse de sed habiendo tanta agua. Y se indignaron contra los “hablapaja”: no sean brutos, ¿Cómo va a ser la escasez consecuencia de la abundancia? Y les arrojaron piedras. Ante su fracaso, los “hablapaja” intentaron ganarse a los aguatenientes con estas explicaciones: creemos conveniente hacerle regalitos al pueblo, especialmente ropa y comida, para que nos escuchen. Como esa gente tiene el estómago vacío no quieren escucharnos, se burlan de nosotros y nos tiran piedras. Pero los aguantenientes irritados respondieron: ¡Nada de eso! Ustedes tienen que cumplir el contrato. Contrato es contrato. Tienen que seguir convenciendo al pueblo, ustedes verán la forma de hacerlo. Tienen que solucionarnos este problema, para eso les estamos pagando. Temerosos los aguatenientes de que el pueblo desesperado decidiera tomarse el agua del depósito por la fuerza, y ante el fracaso de los “hablapaja”, resolvieron pedir ayuda a unos hombres llamados sacerdotes. Y ellos comenzaron a pedir al pueblo resignación y paciencia. Les decían que la responsabilidad de aquella situación no era de los aguatenientes sino de la voluntad de dios que les mandaba aquella calamidad para que se purificaran y que si la padecían calladamente y sin protestar irían al cielo, a un país donde había muchísima agua y no existían acaparadores.
Eran profetas cómodos. No obstante, hubo algunos sacerdotes que no se dejaron utilizar por los aguatenientes. Eran profetas incómodos. Ellos comenzaron a exigir justicia para el pueblo, y pidieron el agua necesaria para calmar la sed de aquella gente. Decían que no eran dios el responsable sino los “poderosos”. Por esta actitud algunos de ellos fueron violentamente atacados y perseguidos. Y se hizo correr el rumor de que estaban locos. La publicidad y la propaganda los desacreditaban. Algunos incluso fueron desterrados y asesinados. Desesperados los aguatenientes ante los repetidos fracasos para reanudar el negocio, se acordaron de la sugerencia de los “hablapaja” y resolvieron hacer unos cuantos regalitos al pueblo, regalitos que ellos llamaban caridad. Regalaron algunos cubos de agua a la gente que más necesitaba y que menos había protestado. Internamente se hicieron la ilusión de que estos beneficiados se convertían en sus amigos, y les ayudarían a convencer a los demás para que, haciendo cualquier sacrificio les compraran agua.
Pero ellos apenas tenían fuerzas para sobrevivir y no para hacer propaganda. Como los regalitos no dieron resultado, y los del pueblo cada vez estaban más sedientos, la paciencia del pueblo comenzó a agotarse. Entonces amenazaban con asaltar el depósito de agua y sacarla a la fuerza para saciar su sed y la de sus familias. Entonces los aguatenientes llamaron a algunos jóvenes del pueblo, físicamente fuertes y muy bien entrenados, les dijeron: Ustedes tienen que evitar este desastre. Esta gente violenta nos está amenazando y corremos el riesgo de perder toda nuestra agua. Si tienen éxito, les daremos el agua que necesiten. Aquellos muchachos, acosados más por su propia sed que por las razones de los aguatenientes, aceptaron el encargo y tomando palos comenzaron a golpear a todos los que manifestaban intenciones de llegar hasta el depósito para sacar el agua.
Defendidos por aquellos muchachos fuertes, los aguatenientes resolvieron el problema aparentemente y se dedicaron a hacer piscinas y a abrir surtidores muy vistosos para divertirse. Pero de pronto se les acabó el agua y se les desocupó el depósito. Entonces acudieron al pueblo otra vez y les dijeron: tenemos trabajo para ustedes; traigan agua para llenar de nuevo el depósito. Las condiciones son las mismas que antes: Por cada balde de agua les pagaremos un peso, pero si ustedes quieren comprar un balde les costará dos pesos. Como esta situación se repitió indefinidamente sin que el pueblo llegara a solucionar su problema, aparecieron unos hombres a quienes los aguatenientes llamaron agitadores. Estos hombres invitaban al pueblo a rebelarse contra tanta injusticia. Los agitadores le hablaban ala gente en los siguientes términos: ¿Hasta cuándo van a dejar que los engañen con mentiras? Todo lo que les dicen los aguatenientes con sus radiolocutores y periodistas, y en los carteles, murales, es pura mentira. Sus promesas son falsas. Solamente buscan eternizar su explotación. Y ¿Cuándo vamos a convencernos de que los falsos sacerdotes nos están engañando? ¿Cómo vamos a creer que la calamidad que estamos padeciendo sea querida por dios? ¿Cómo vamos a creer que si nos dejamos morir de sed nos vamos para el cielo? Dios nos entrego la tierra a todos y nadie hizo escritura de propiedad por separado. Todas las mentiras son un insulto contra dios. Si somos hijos, todos debemos ser hermanos. Y no puede haber verdadera fraternidad cuando los unos son esclavos de los otros. Por tanto, es necesario luchar contra toda esclavitud. Al comienzo el pueblo sentía dificultad en aceptar los argumentos de los agitadores.
Estaban acostumbrados a pensar que ellos siempre tenían la razón y que no podrían equivocarse, pero ahora entraban en la duda. Por otra parte, tenían un respeto casi reverencial por todos los aliados y servidores de los aguatenientes. Casi los consideraban representantes de dios. Estaban acostumbrados a creer que los males que sufrían eran voluntad de dios. Ahora, sin embargo, también dudaban. Realmente era muy difícil que todo aquello fuera responsabilidad de dios. Además, habían leído en los periódicos y habían escuchado en la radio frecuentemente que el pueblo no tenía razón para pedir agua. Decían que eran unos perezosos, unos borrachos, unos comunistas, unos canallas, etc. Estaban acostumbrados a creerse inferiores, pero ahora estaban en la duda Por fin se hizo la luz en sus mentes y resolvieron hablar con los agitadores y les dijeron: Estamos de acuerdo con la explicación que ustedes nos han dado, pero lo que necesitamos es una solución al problema. ¿Cómo podemos colaborar? Entonces los agitadores les dijeron: todas las cosas tienen remedio. A veces son difíciles, pero no imposibles. Pero, ¿Por qué pensamos nosotros que los aguatenientes son tan fuertes? Pues es sencillamente porque están organizados. Hagamos nosotros otro tanto y veremos los resultados. La unión hace la fuerza. Organicemos nuestro trabajo y repartamos nuestras tareas entre todos. Aceptemos la disciplina que impone una organización. Planeemos todo para no dar pasos en falso. Repartamos hermanablemente el fruto de nuestro trabajo y todos podremos saciar nuestra sed. Si después sobra agua, también nosotros podremos construir piscinas y surtidores para tener alguna diversión al alcance de nuestros bolsillos.
La diferencia de la abundancia de agua no será para unos pocos, como ha sucedido hasta ahora, será para el servicio de todos. Entonces el pueblo emocionado dijo: nos parece muy bien su propuesta. Pongámonos a trabajar y a organizarnos. Entre más pronto comencemos, más pronto terminaremos. Es la única manera para que no nos sigan explotando. Busquemos gente resuelta. Todos debemos ser resueltos y sinceros para sacar adelante nuestros planes. El pueblo había descubierto la causa de tanta sed: sólo unos pocos eran propietarios del depósito de agua. Para que todos pudieran disfrutarla y no hubiera más sed, era necesario que el agua fuera propiedad social de todos. Pero esto no era sencillo; los aguatenientes no estaban dispuestos a ceder sus privilegios tan fácilmente. Era indispensable organizarse para enfrentarse a la lucha larga y dura, hasta que por fin el pueblo tome el poder y sea el pueblo el que dirija su propio destino. Sólo en esta forma el agua será para todos y no para unos pocos. El pueblo entonces con los ojos bien abiertos, con inteligencia, con disciplina y organización, comenzó a construir un depósito nuevo y de un hombre nuevo. Cada hombre comenzó a llamar a su vecino “mi hermano”, y cada mujer decía a su vecina “mi compañera”. Todos unidos comenzaron a construir el porvenir. Por primera vez, comprendieron que para realizar una nueva sociedad era necesario dar muerte en la tierra, a la injusticia de los poderosos.
Izquierdini y la Ruta de la Libertad
Bogotá, 2025. El cielo estaba en silencio, pero debajo del Archivo Nacional, una luz roja titilaba como un corazón a punto de detenerse. El mensaje era claro: "LA INDEPENDENCIA ESTÁ EN PELIGRO".
El Consejo del Tiempo, guardianes secretos de la historia, solo tenía un nombre en su lista: Izquierdini. Historiador, espía y descendiente directo de un prócer olvidado, Izquierdini fue reactivado tras dos siglos de letargo donde recorrio todo el continente Europeo en su bicicleta.
Su misión: recorrer La Ruta de la Libertad y corregir los eventos alterados por un nuevo enemigo del tiempo: EL CONDE DE LAS SOMBRAS CRISTIAN III, un antiguo general realista que, a través de un artefacto temporal robado, estaba desmantelando la historia desde dentro.
Su primera parada: 20 de julio de 1810, la tienda de Llorente. Izquierdini, disfrazado de vendedor de tinta, debía asegurar el famoso altercado. Pero encontró un nuevo problema: el documento del Cabildo Abierto había sido alterado, su tinta envenenada por el Conde de las Sombras. Si era firmado, los criollos morirían envenenados antes de gritar “¡Libertad!”
Con su pluma de fuego, Izquierdini reescribió el documento mientras distraía al enemigo con una falsa protesta. El florero cayó. El pueblo estalló. La historia se mantenía, por ahora.
Año: 1811. Las provincias intentaban formar una república, pero el Conde había sembrado falsos manifiestos que generaban desconfianza entre los centralistas de Nariño y los federalistas de Torres.
Izquierdini debía encontrar los verdaderos documentos y evitar una guerra fratricida antes de tiempo.
En medio de un consejo secreto, disfrazado de escribano, descubrió una trampa: si no destruía los documentos falsos, la guerra civil adelantaría su curso, y los realistas tomarían el control total.
Superó tres acertijos en latín dentro de un códice escondido en el monasterio de Zipaquirá, y con ayuda de sus lentes coloniales, identificó la tinta original. La verdad volvió a las mesas de negociación.
En 1814, Izquierdini llegó a Pasto, donde Nariño luchaba contra los realistas. El Conde había entregado coordenadas falsas a los mensajeros del ejército patriota, guiando a Nariño a una emboscada.
Problema: si Izquierdini salvaba a Nariño, este no sería capturado, lo que alteraría su prisión y posterior redención. Pero si no lo ayudaba, el ejército se disolvería.
Solución: Izquierdini intervino de forma anónima, desviando parte de las tropas y asegurando que la derrota fuera táctica, no fatal. Así, la historia se cumplía, pero con honor preservado.
El Conde de las Sombras, disfrazado como Pablo Morillo, había añadido páginas falsas al código militar español: órdenes de ejecutar a todo líder criollo capturado sin juicio.
Izquierdini, infiltrado como sacerdote en un cuartel de Santa Marta, encontró la imprenta secreta del Conde. Para destruirla, debía superar tres pruebas: traducir un pasaje en código, cruzar un campo lleno de centinelas temporales, y convencer a un prisionero de traicionar al Conde.
Con inteligencia, empatía y astucia, cumplió las pruebas, pero el Conde escapó al Casanare, más fuerte que nunca.
Bolívar necesitaba los planos para cruzar el Páramo de Pisba. El Conde los había reemplazado con rutas falsas que llevaban a un abismo sin salida.
Izquierdini, bajo tormentas y viento helado, se hizo pasar por monje y entregó los verdaderos mapas escondidos en un libro de oraciones. Mientras Bolívar cruzaba las montañas, el Conde tendió su trampa final en el Pantano de Vargas: reemplazar a un coronel clave con un espía temporal.
Izquierdini desenmascaró al impostor en medio del combate y ayudó a Boyacá a no perderse. Fue herido, pero logró entregar una carta que garantizó la llegada a Santa Fe.
En Cúcuta, 1821, durante la redacción de la Constitución, el artículo de la soberanía del pueblo había desaparecido. El Conde la ocultó en una iglesia bajo vigilancia realista, dentro de un libro religioso.
Izquierdini debía ordenar cronológicamente 10 textos religiosos para desbloquear el compartimento secreto. Lo logró al notar que los márgenes tenían fechas en clave. Recuperó el documento, justo antes de la firma.
De regreso a 1810, Izquierdini tenía una última misión: entregar el “Manifiesto de la Libertad” antes del grito. Pero el Conde, como último recurso, viajó al presente e intentó borrar la memoria histórica del pueblo colombiano.
Mientras el reloj marcaba las 11:59, Izquierdini cabalgó entre la multitud, con el Conde a sus espaldas. En el último segundo, subió al Cabildo, colocó el manifiesto y repicó la campana. El tiempo se reparó. El Conde fue arrastrado a su época, atrapado en un bucle de derrota.
Ya en el Archivo Nacional, Izquierdini volvió a guardar su reloj. Nadie lo recordaría. Pero la historia, gracias a él, seguiría viva.
Y en una nota escrita con tinta mágica, dejó una advertencia:
"Mientras haya quienes olviden, el Conde puede regresar. Prepárense. La Ruta de la Libertad nunca termina."