La ley del más fuerte En las primeras horas de la mañana, cuando la neblina aún cubría las montañas de la cordillera y el canto de los gallos apenas rompía el silencio, don Izquierdo recorría lentamente los potreros de su hacienda el chacal. Montaba un caballo zaino heredado de su padre y observaba, con una mezcla de orgullo y responsabilidad, las más de tres mil hectáreas que su familia había poseído durante generaciones. Aquella tierra era mucho más que una propiedad. Era el legado de sus abuelos, quienes habían llegado cuando aquellas montañas eran monte espeso y caminos de herradura. Habían abierto trochas, levantado cercas de piedra, construido corrales y sembrado los primeros cafetales. Su padre continuó la obra, ampliando los cultivos de café, caña panelera y maíz, mientras organizaba la ganadería que abastecía los pueblos vecinos. Izquierdo había crecido escuchando una misma enseñanza. —La tierra no se vende ni se divide —decía siempre su padre—. La tierra sostiene el ap...