SEMANA POR LA PAZ
El río que recuerda El sonido de las botas resonó en la vereda antes del amanecer. Isabella apenas tuvo tiempo de envolver en una manta a su hijo menor y meter dos mudas de ropa en un costal. Su esposo ya no estaba —se lo habían llevado meses atrás, o tal vez había huido, o tal vez estaba enterrado en alguna fosa que nadie se atrevía a nombrar—. Lo único cierto era que el grupo armado había marcado su tierra como "zona de tránsito" y eso significaba una sola cosa: quien se quedara, se quedaba para siempre. Isabella cerró la puerta de su casa de bahareque sin llave, porque una llave solo sirve para quien piensa volver, y caminó hacia la carretera con la mirada baja, sumándose a una fila silenciosa de campesinos que ya no tenían nombre para los forasteros, solo la palabra "desplazados". A varios kilómetros de allí, en el pueblo donde el río todavía no había aprendido a callar del todo, Dylan miraba por la ventana de su cuarto cada vez que un carro se detenía fre...