CUENTO ERAS GEOLOGICAS
El Párrafo y el Profeta
En las tierras baldías de Aethelgard, un vasto cañón llamado "El Abismo
del Cronos" cortaba la corteza terrestre como una herida abierta. Sus
paredes eran un testamento de piedra: desde el rojo óxido del Paleozoico en la
base, pasando por el gris pizarra del Mesozoico, hasta el marrón joven del
Cenozoico en la superficie. Allí vivía Elias Thorne, un geólogo ciego que no
necesitaba la vista para entender el mundo; él "leía" las rocas con
sus dedos, sintiendo en las texturas la diferencia entre un millón de años y un
eón entero. Elias era conocido como el Profeta del Tiempo, y su única misión
era advertir que la Tierra no es un recurso, sino un libro que exige respeto.
Sin embargo, la paz del abismo fue interrumpida por el General Malakor y su
"Corporación del Progreso". Malakor era un hombre cuya moral se había
erosionado mucho antes que las rocas que pisaba. Su ambición estaba fijada en
el "Aethel", un mineral de brillo hipnótico atrapado en una fina capa
del periodo Cretácico, justo en un pliegue tectónico profundo. Para Malakor,
los 4,600 millones de años de historia geológica no eran más que un estorbo,
una "suciedad antigua" que se interponía entre él y su riqueza.
La corrupción de Malakor se extendió como una plaga. Sobornó a los jueces
para invalidar las leyes de protección y, lo que fue peor, corrompió la mente
de los jóvenes del pueblo. Les enseñó que el tiempo geológico era una fantasía
de ancianos débiles y que el "aquí y ahora" justificaba cualquier
destrucción. Bajo sus órdenes, el cañón se llenó de dinamita y maquinaria
pesada, mientras Elias observaba —con el oído pegado a la piedra— cómo las
vibraciones del ego humano perturbaban el sueño de eras olvidadas.
El día de la gran excavación, Elias bajó al fondo del abismo para enfrentar
al General. "Estás intentando arrancar una página del libro antes de
haberla leído", advirtió el anciano. Malakor, riendo mientras sostenía el
detonador, respondió con desprecio: "Viejo, tú vives en un libro que nadie
lee. Yo escribo el futuro con pólvora". Con un gesto de absoluta
arrogancia, presionó el botón.
La explosión no trajo la riqueza esperada, sino la muerte. Al romper el
delicado equilibrio del pliegue tectónico, Malakor desató una fuerza que había
estado contenida durante cien millones de años. La pared del cañón no solo se
derrumbó; la presión acumulada hizo que el terreno se licuara. Un torrente
masivo de lodo, fósiles pulverizados y roca madre del Proterozoico arrasó con
todo.
En un instante, Malakor, sus seguidores y sus máquinas fueron succionados
por las entrañas de la tierra. El General murió viendo cómo sus medallas y su
oro se hundían en el mismo lodo que él despreciaba. En la escala del tiempo
geológico, su imperio duró menos que un parpadeo. Cuando el polvo se asentó, el
cañón había cambiado su forma para siempre.
La enseñanza quedó grabada en el silencio del abismo: la historia de la
Tierra es un volumen inmenso donde la vida humana no es más que un párrafo en
la última página. La corrupción y la codicia pueden intentar acelerar el
relato, pero nunca podrán reescribirlo. Al final, aquellos que intentan
gobernar la eternidad con la arrogancia de un momento, terminan convertidos en
una fina y olvidada traza fósil, recordándonos que somos solo huéspedes
temporales en un mundo de roca antigua.

Comentarios
Publicar un comentario