ORIGEN DEL UNIVERSO TEORIA INDIGENA
“El Quinto Sol y la Sombra de Izquierdini: la leyenda del universo que aprendió a levantarse”
Hace muchísimo tiempo, cuando todavía no existían ni el cielo ni la tierra, todo estaba cubierto por un inmenso silencio oscuro. No había sol, ni luna, ni estrellas. Solo existía el gran misterio del vacío.
En ese vacío vivía una fuerza doble y sagrada llamada Ometéotl (Kagaya), el espíritu de la dualidad. Dentro de él existían al mismo tiempo dos energías: lo masculino y lo femenino, la luz y la sombra, el principio y el final. De ese equilibrio nacieron los primeros dioses y comenzó el movimiento del universo.
De Ometéotl surgieron cuatro grandes dioses creadores que habrían de dar forma al mundo. Cada uno representaba una fuerza fundamental de la naturaleza y del destino. Ellos eran Quetzalcóatl (Tanjiro), dios del viento y la sabiduría; Tezcatlipoca (Muzan), señor del cielo nocturno y del poder oscuro; Huitzilopochtli (Rengoku), guerrero del sol y la energía del combate; y Tlaloc (Giyu), guardián de la lluvia, los ríos y las tormentas.
Los dioses observaron el gran vacío y comprendieron que debía existir algo más. Entonces comenzaron la gran obra de la creación.
Primero separaron el cielo de las aguas primordiales. Después formaron la tierra utilizando el cuerpo de un antiguo monstruo marino llamado Cipactli (Inosuke). De su piel nacieron las montañas, de su cabello crecieron los bosques, de sus ojos se formaron los lagos y de sus huesos surgieron las rocas que sostienen el mundo.
Pero el universo aún estaba en penumbra. El mundo existía, pero no tenía luz.
Entonces los dioses decidieron crear el Primer Sol.
Durante la era del Primer Sol, gobernado por Tezcatlipoca (Muzan), nacieron los primeros seres humanos. Eran gigantes que caminaban lentamente por la tierra y vivían entre montañas y selvas.
Sin embargo, en los rincones oscuros del mundo apareció una figura llena de ambición: Izquierdini. No era un dios ni un humano. Era una sombra nacida del orgullo, la envidia y el deseo de controlar el destino del universo.
Izquierdini comenzó a sembrar conflictos entre los dioses y los hombres. Con mentiras y engaños provocó enfrentamientos que sacudieron el cielo. El mundo perdió el equilibrio y, finalmente, enormes jaguares descendieron de la oscuridad y devoraron a los gigantes.
Así terminó el Primer Sol.
Los dioses, tristes pero decididos, volvieron a intentar la creación.
Entonces nació el Segundo Sol, gobernado por Quetzalcóatl (Tanjiro). Bajo su luz surgieron nuevos humanos que aprendieron a caminar, hablar y vivir en comunidad.
Pero Izquierdini regresó. Susurró orgullo en los corazones de los hombres y les hizo olvidar el respeto por la naturaleza.
El cielo respondió con una furia inmensa. Huracanes gigantes soplaron sobre la tierra. Los vientos arrasaron montañas y ciudades, y los humanos fueron transformados en monos que huyeron a los árboles.
El Segundo Sol desapareció.
Los dioses comprendieron que la creación era frágil, pero no se rindieron.
Entonces nació el Tercer Sol, gobernado por Tlaloc (Giyu), señor de la lluvia. Durante un tiempo el mundo fue fértil. Los campos crecían, los ríos fluían y la vida prosperaba.
Pero Izquierdini volvió a sembrar caos. Enseñó a los humanos la ambición desmedida y el desprecio por el equilibrio del mundo.
El cielo se enfureció. Llovió fuego desde las alturas, los volcanes despertaron y la tierra quedó cubierta por cenizas ardientes.
Así terminó el Tercer Sol.
Los dioses crearon entonces el Cuarto Sol, esperando que esta vez el mundo pudiera durar para siempre. Nuevos humanos aparecieron y durante un tiempo vivieron en armonía.
Pero Izquierdini ya era fuerte. Se alimentaba del egoísmo y del miedo de los hombres.
Entonces las aguas se levantaron. Una gran inundación cubrió la tierra, los ríos se desbordaron y el mundo quedó sumergido. Los humanos se transformaron en peces y el Cuarto Sol se apagó.
Los dioses comprendieron que algo muy profundo debía cambiar.
Decidieron reunirse en la ciudad sagrada donde nace la energía del universo. Allí se prepararon para crear el Quinto Sol, el sol bajo el cual vivimos hoy.
En ese momento apareció un dios humilde y enfermizo llamado Nanahuatzin (Zenitsu). No era poderoso ni temido, pero tenía un corazón valiente.
Los dioses encendieron un gran fuego sagrado. Para que el nuevo sol naciera, uno de ellos debía lanzarse a las llamas.
Muchos dudaron.
Pero Nanahuatzin dio un paso adelante y, con valentía, se arrojó al fuego.
De las llamas surgió una luz inmensa.
Nanahuatzin se transformó en el Quinto Sol.
Otro dios saltó después al fuego y se convirtió en la luna, para acompañar al sol en el cielo.
Sin embargo, el nuevo sol no se movía. El mundo permanecía quieto.
Entonces los dioses comprendieron la verdad del universo: la vida solo existe cuando hay entrega, cooperación y equilibrio.
Los dioses ofrecieron su propia energía para poner el sol en movimiento.
Y así comenzó el día.
Cuando Izquierdini vio que el nuevo sol brillaba sobre la tierra, intentó una vez más sembrar oscuridad. Quiso despertar el egoísmo en los humanos para recuperar su poder.
Pero esta vez algo era diferente.
Los hombres y mujeres habían aprendido de las eras anteriores.
Comprendieron que la ambición, la mentira y el orgullo alimentaban a Izquierdini.
Entonces decidieron vivir de otra manera: respetaron la naturaleza, cuidaron el agua, escucharon al viento y recordaron la sabiduría de los dioses.
Cada acto de bondad debilitaba a Izquierdini.
Cada gesto de respeto lo hacía más pequeño.
Hasta que su sombra terminó escondida en los rincones del orgullo humano, esperando que alguien vuelva a olvidar el equilibrio del mundo.
Desde entonces vivimos bajo el Quinto Sol, un sol que cada día cruza el cielo para recordarnos algo importante:
El universo no se sostiene solo por el poder de los dioses.
También depende de las decisiones de los seres humanos.
Porque mientras exista respeto por la tierra, humildad en el corazón y cooperación entre las personas, el Quinto Sol seguirá iluminando el mundo.
Y la sombra de Izquierdini jamás volverá a dominar el universo.

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