ARTICULO DE OPINION
¿Dónde quedó la cultura vial en Bogotá?
Por: Frans David Izquierdo R.
Caminar, pedalear o conducir por Bogotá se ha convertido en un ejercicio constante de tensión. Basta recorrer avenidas como la Boyacá, la NQS o la Primero de Mayo a cualquier hora del día para presenciar una danza caótica donde la prisa le gana con creces al respeto. Nos acostumbramos a que la cebra sea un adorno pintado sobre el asfalto, a que las direccionales sean un lujo opcional y a que el semáforo en amarillo no signifique "reduzca la velocidad", sino "acelere antes de que no alcance a pasar". Frente a este panorama, cabe hacernos una pregunta incómoda: ¿En qué momento la empatía y la convivencia ciudadana cedieron su lugar a la ley del más fuerte en las vías?
La crisis del espacio público en la capital no es solo un asunto de infraestructura, huecos o semáforos descalibrados; es, ante todo, un síntoma de un tejido social fracturado. Durante décadas, la educación vial en la ciudad se ha reducido a la memorización mecánica de señales de tránsito para aprobar un examen de conducción o evitar una multa. Sin embargo, saber qué significa un disco rojo no garantiza respetar la vida del otro. La cultura vial no consiste en acumular teoría, sino en entender la corresponsabilidad en el espacio colectivo: comprender que la calle la compartimos entre peatones, ciclistas, motociclistas, conductores de servicio público y particulares.
La agresividad en la vía pública suele justificarse bajo el pretexto del estrés, las obras inconclusas y el trancón diario. Sin embargo, la intolerancia no es un producto de la congestión, sino del individualismo. El motociclista que zigzaguea a alta velocidad sobre los andenes, el peatón que cruza imprudentemente a pocos metros de un puente peatonal o el conductor que bloquea una intersección para ganar un par de metros terminan reproduciendo el mismo patrón: poner la urgencia personal por encima de la integridad colectiva.
Para reconstruir la movilidad en Bogotá no bastarán las cámaras de fotodetección ni la presencia policial. Aunque el control operativo es fundamental, la verdadera transformación exige recuperar la pedagogy ciudadana. Se necesita una formación vial continua que comience desde las aulas escolares, que promueva el valor de la vida y que les devuelva a los ciudadanos el sentido de pertenencia por su entorno.
Recuperar la cultura vial no significa resignarse al tráfico de la ciudad, sino decidir cómo habitamos la incertidumbre del trayecto. Ceder el paso a un peatón, respetar los carriles preferenciales o mantener la distancia de seguridad son pequeños actos que transforman la hostilidad en convivencia. La pregunta de dónde quedó la cultura vial en Bogotá no tiene una respuesta oculta en las oficinas de la Secretaría de Movilidad; la respuesta está en cada decisión que tomamos cuando ponemos un pie, una rueda o un vehículo sobre la vía pública.

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