CUENTO
La tierra de Rosendo
Cuando el sol apenas asomaba detrás de las montañas, Rosendo ya caminaba por los surcos con el azadón al hombro. El rocío brillaba sobre las hojas del maíz y el olor de la tierra húmeda le llenaba el pecho. Hacía más de doce años que trabajaba aquella parcela. Allí había sembrado maíz, fríjol, yuca y plátano; allí había levantado una pequeña casa de bahareque junto a su esposa, Clara, y había visto crecer a sus tres hijos. Aunque los papeles dijeran que la finca pertenecía al hacendado don Eusebio Salazar, para Rosendo aquella tierra era parte de su vida.
Cada árbol frutal lo había sembrado con sus propias manos. Cada cerca la había reparado después de los inviernos. Cuando la sequía castigaba la región, era él quien cargaba agua desde la quebrada para salvar las matas. Por eso le dolía escuchar que algunos llamaban aquella parcela "tierra ajena".
Los tiempos estaban cambiando. Desde comienzos de la década de 1930 corrían noticias por las veredas de campesinos que se reunían para defender sus derechos. Hablaban de ligas campesinas y de hombres que pedían que la tierra fuera para quien la trabajara. Esas conversaciones llegaban de pueblo en pueblo, casi siempre en voz baja, porque muchos temían las represalias de los grandes hacendados.
Una tarde apareció el mayordomo de don Eusebio montado en un caballo alazán.
—Traigo orden del patrón —dijo sin bajarse de la montura—. A partir de la próxima cosecha deberá entregar una parte mayor del maíz y del café. Y si no puede cumplir, tendrá que abandonar el lote.
Rosendo sintió un nudo en la garganta.
—Con lo que saco apenas alimento a mi familia. Si entrego más, mis hijos pasarán hambre.
El mayordomo solo se encogió de hombros.
—No son mis órdenes.
Aquella noche casi nadie habló durante la cena. La lámpara de petróleo iluminaba apenas las caras preocupadas de la familia. Clara rompió el silencio.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
Rosendo miró sus manos endurecidas por los años de trabajo.
—No sé... pero no quiero dejar la tierra que levantamos juntos.
Los días siguientes estuvieron llenos de incertidumbre. Algunos vecinos contaban que el cura del pueblo defendía a los campesinos desde el púlpito, recordando que todo hombre tenía derecho al pan ganado con su trabajo. Otros aseguraban que las autoridades siempre terminaban favoreciendo al hacendado. También se decía que la policía rural ya había desalojado familias enteras en veredas cercanas.
Un domingo, después de la misa, un grupo de colonos se reunió bajo la sombra de un enorme samán. Hablaron de organizar una liga campesina para presentar sus reclamos unidos. Decían que, separados, cualquiera podía ser expulsado; juntos, al menos tendrían una voz.
Rosendo escuchó en silencio.
Sabía que unirse significaba arriesgarlo todo. Si don Eusebio se enteraba, podía echarlo de inmediato. También podía quedar señalado por las autoridades. Pero si aceptaba las nuevas condiciones, el fruto de su trabajo alcanzaría apenas para enriquecer al hacendado mientras su familia pasaba necesidades.
Esa noche caminó solo por los cultivos. La luna plateaba los surcos y el viento hacía crujir las hojas del maíz. Se arrodilló, tomó un puñado de tierra entre sus manos y sintió su olor profundo, el mismo olor que había acompañado doce años de esfuerzo, esperanza y sacrificio.
Comprendió entonces que aquella tierra no solo daba alimento; también daba dignidad.
Al amanecer regresó al samán.
—Quiero unirme a ustedes —dijo con voz firme.
Las semanas siguientes no fueron fáciles. Llegaron amenazas. El mayordomo volvió varias veces advirtiendo que el patrón no toleraría rebeldías. Algunos vecinos, por miedo, abandonaron sus parcelas. Otros permanecieron unidos. Compartían semillas, herramientas y alimentos cuando alguno escaseaba. Poco a poco dejaron de sentirse solos.
Un día, varios representantes de la liga lograron entregar una petición ante las autoridades municipales. No obtuvieron una respuesta inmediata, pero por primera vez los campesinos hablaban con una sola voz.
Rosendo regresó a su parcela con el corazón inquieto. Nada estaba resuelto. Seguía sin tener un título que demostrara que aquella tierra era suya. El futuro continuaba siendo incierto, como las nubes oscuras que a veces anunciaban tormenta sobre los cafetales.
Sin embargo, mientras hundía el azadón en la tierra húmeda, comprendió que había sembrado algo más que una nueva cosecha. Había sembrado esperanza.
Y aunque el conflicto por la tierra seguiría marcando la vida de muchas generaciones de campesinos colombianos, Rosendo sabía que ninguna semilla brota el mismo día en que se planta. Algunas necesitan tiempo, lluvia y la paciencia de quienes no dejan de creer que la justicia, igual que la tierra fértil, termina dando fruto.
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Campesinos, colonos y arrendatarios: Exigían derechos sobre la tierra que trabajaban y el derecho a cultivar para su propia subsistencia frente a las presiones de los grandes hacendados
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